Hotel W (part 2)

Poco sospechaba Mila, la bondadosa mujer búlgara que un soleado día de invierno decidió transgredir las normas más que estrictas de cualquier hotel de cinco estrellas, que su acto de cortesía y buena fe en la humanidad iba a merecer un rincón en un espacio tan codiciado como son los recuerdos de cualquier persona. Para ella debió suponer una manera de amenizar la rutina, generalmente detestada incluso por quien trabaja todo el día enfrente del mar, con diversas suites de más de 500 euros la noche por despacho; pero para dos individuos con mucho tiempo libre y poco dinero en el bolsillo, poner los pies en una de esas representaba una dulce recompensa a la siempre fastidiosa tarea de encontrar algo con qué divertirse. Dulce, por los racimos de uva y demás frutas con glamour que, junto a la tradicional botella de cava propia de esas fechas y demás licores varios, utilizados a menudo sin mucho criterio en la mezcla a fin de amortizar el iacuzzi, habían caído la noche anterior en el olvido.

-Algo habrá que hacer con esto -penso él.

Sin embargo, la compañía de Mila, aunque agradable, no permitía disfrutar la situación como de otro modo se habría podido, pues la mujer, atareada en sus funciones de ama de casa por cuenta ajena, se daba un respiro de vez en cuando para interesarse por la vida de sus fugaces compañeros.

-Y vosotros, ¿ya habéis acabado el bachillerato? –preguntó la mujer, al tiempo que sus ojos experimentados se movían incesantemente en busca de algún elemento discordante al que poner en su sitio.

Ella, la compañera de él, siempre llevaba la iniciativa a la hora de entablar conversación con los desconocidos, así que se dispuso a entrar de lleno en una batalla que ambos habían librado en multitud de ocasiones: el debate sobre su edad.

-Será que la felicidad retrasa el envejecimiento –pensó él, que optó por quedarse callado al desconocer qué grado de romanticismo sería capaz de soportar su interlocutora. 

Sin embargo, Mila demostró desde el principio ser una persona muy cercana, que incluso antes de despedirnos se permitió, desde una superior autoridad moral que muchas veces confiere la propia edad, dirigirse a ella en un tono inconfundiblemente maternal: -Si no bebe, no fuma y no anda con más mujeres, tómalo. Todo lo demás tiene remedio.

-Un vicio lo tengo, otro lo tuve y hay uno que jamás tendré. Con suerte se podrán compensar entre ellos –pensó nuevamente él, que como en las otras ocasiones prefirió permanecer en silencio.

Se cierra la puerta. Mila se aleja por el pasillo, y desaparece por la vista al tiempo que el chirrido de las maltrechas ruedas que arrastran su carrito lo hace por los oídos. De bien seguro le queda una larga jornada antes de volver a reunirse con los suyos. Deseamos mucha suerte a una persona que la merece.

Hasta pronto Hotel Vela. Cerramos la nevera, cogemos el imán de recuerdo en forma de pulsera y conectamos de nuevo los cinco sentidos en busca de algo con qué divertirnos. ¿Habrá dulce recompensa?

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