Confinament

Mentiría si aceptase que llevo bien esta imposición de la vida, me ha costado mucho llegar a la fase de aceptación. Quedarse en casa.

Aunque, no me puedo quejar, este mes tengo orden en el horario laboral y me desenvuelvo bastante dignamente con la enfermería orgánica, trabajando  con  los casos de COVID,  con las sospechas de  COVID , en los no COVID y hasta en urgencias generales.

Cada noche en una unidad diferente, con compañeros distintos, sin conocer a los pacientes. Brindando mil sonrisas, animando a seguir adelante, a luchar contra la impotencia que causa la disnea, contra el cansancio extremo injustificado, mimando a las abuelitas sobretodo a las que tienen Alzheimer , consiguiendo respuestas imposibles. Acompañando a morir en soledad.

El miércoles, me encontré en una situación tan horrible como bonita. En la misma habitación, madre e hija. La hija una enfermera de otro hospital de 62 años que convivía con su madre de 90. Pasó que la hija transmitió la enfermedad a su madre. Qué carga de consciencia más terrible.

Cuando las conocí, la sra de 90 años ya estaba con el infusor de morfina, esperando que llegará el final. Se habían podido despedir, la hija había podido escuchar de la voz de su madre que aceptaba la muerte, que le apetecía dejar esta vida. Durante la noche, desperté cada hora a la hija para no perderse el último respiro. Por ” suerte” no moría sola, se había podido despedir y eso era como un tesoro, como un cofre lleno de tranquilidad interior.

Y murió.

Y dejamos un rato de reunión familiar para que  sus dos hijos (la hija compañera de habitación y el hijo ingresado en otra planta)  pudieran decirle algo así como” hasta la próxima mama, gracias y te queremos”

Y tuvimos que ponerla en el doble sudario. Una gran compañera me acompañó, este apoyo entre nosotras es otro tesoro,  un cofre lleno de  abrazos al alma hechos con la mirada ya que no nos podemos tocar. Habían pasado dos horas y media desde el exitus, existía en el ambiente un hedor corporal funesto.  Y al coger el brazo de la señora junto a la cadera para poder introducirla en el primer sudario, noté una contrafuerza, se me escurría la frágil piel de la Sra. Quebró como una manga, la epidermis dejó a la vista a la dermis, el efecto óptico fué como cuando pelas una ciruela. Primero me puso blanca del susto y luego verde del asco. Gemma se puso a reír al cruzarnos la mirada, en su lugar yo habría hecho lo mismo, con  igual respeto y la misma discreción y la misma camaradería.(como definiría mi abuelo). Estas cosas unen.

Cuando se llevaron a la difunta,  al cabo de poco, entró a limpiar la habitación la sra de la limpieza, craso error por mi parte no haberle advertido de la situación pues, con lo dicharacheras que son estas sras, lo primero que le dijo a la hija fué:

  • Qué,  contenta que se queda sin compañera?

 

 

 

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