Ignasi Peich y la leyenda de la pelota y el aire acondicionado

Podría decir que era un martes cualquiera, pero no, era martes, el segundo día de escuela después de las vacaciones de verano. Ignasi estaba con su pelota dando puntapiés junto a varios niños. Yo estaba charlando con dos madres más cuando una niña de siete u ocho años me dijo:

  • Tú eres la mamá de Ignasi, el que coló la pelota el año pasado encima del aparato del aire acondicionado!

Sí, me sentí como : hola soy Clara Sánchez, me conoceréis como la madre DE, tras una infancia siendo la hija DE y una adolescencia siendo la hermana DE. Suerte que nunca me he casado.

Poco después de ese comentario, se hizo un silencio en la plaza, las 40/50 personas que estaban allá, miraban hacia la ventana del primer piso de la escuela.. la pelota se había quedado atrapada allí, entre dos persianas metálicas. Ignasi vino hacia mi, para que le salvara la papeleta. Pero ya tiene seis años, ya le toca mediar con sus problemillas. Subió los tres escalones, llamó al timbre, abrió una hermana de unos setenta y pico de años, entre el castellano de Ignasi y lo inverosímil del relato, parece ser que la sra no se enteró de nada. El legendario Ignasi le cogió de la mano, la ayudó a bajar los escalones y nos demostró que una imagen vale más que mil palabras.

Subió al primer piso, habló con la sra de la limpieza cual súperheroina y siendo aplaudida por todos los miembros que estábamos en la plaza, la empujó hacia la calle.

Volvíamos a tener la pelota!

Un milagro en equilibrio

La habitación estaba iluminada por la brillante luz de las 10h de la mañana de un día cualquiera de agosto, porqué cuando estamos de vacaciones o trabajamos de noche, qué más da. Era pequeña, había una lavadora al fondo a la izquierda, una mesa con capacidad para seis personas, un sillón en el que te habías sentado en el que se podían leer los libros que algunos peregrinos habían dejado en la estantería que había en la pared. Olía a suavizante para la ropa de flor de loto. Y estaba inundada del silencio real que pocas veces conocemos en vida los que somos de ciudad.

Los niños estaban haciendo yoga con Eulalia a 500 m en el césped del tan recóndito como acogedor cámping. Disponíamos de media hora sin niños mientras se hacía la colada, estaba absorta imaginando un rato para los dos, un momento más de mirarnos a los ojos y dejar que fluyera el tiempo de esa manera en la que treinta minutos se suceden como si fueran dos. Me giré para besarte y de pronto habías desaparecido. De golpe una ola había vuelto a derribar el castillo de arena. Por un momento entristecí y me sentí llena de vacío. Salí a la calle a buscarte y no estabas- Lejos de desesperarme, me senté en el sillón en el que te habría desnudado y como mínimo me habría abrazado a tí. Abrí un libro, elegí ese en el que Lucía Etxebarría describe su embarazo y puerperio de tal manera que no se sabe si es una historia real o propia, posiblemente como esta que estoy narrando ahora.