Un milagro en equilibrio

La habitación estaba iluminada por la brillante luz de las 10h de la mañana de un día cualquiera de agosto, porqué cuando estamos de vacaciones o trabajamos de noche, qué más da. Era pequeña, había una lavadora al fondo a la izquierda, una mesa con capacidad para seis personas, un sillón en el que te habías sentado en el que se podían leer los libros que algunos peregrinos habían dejado en la estantería que había en la pared. Olía a suavizante para la ropa de flor de loto. Y estaba inundada del silencio real que pocas veces conocemos en vida los que somos de ciudad.

Los niños estaban haciendo yoga con Eulalia a 500 m en el césped del tan recóndito como acogedor cámping. Disponíamos de media hora sin niños mientras se hacía la colada, estaba absorta imaginando un rato para los dos, un momento más de mirarnos a los ojos y dejar que fluyera el tiempo de esa manera en la que treinta minutos se suceden como si fueran dos. Me giré para besarte y de pronto habías desaparecido. De golpe una ola había vuelto a derribar el castillo de arena. Por un momento entristecí y me sentí llena de vacío. Salí a la calle a buscarte y no estabas- Lejos de desesperarme, me senté en el sillón en el que te habría desnudado y como mínimo me habría abrazado a tí. Abrí un libro, elegí ese en el que Lucía Etxebarría describe su embarazo y puerperio de tal manera que no se sabe si es una historia real o propia, posiblemente como esta que estoy narrando ahora.

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